República Argentina: 2:12:06pm

Por Roberto Arnaiz *colaboración para TIEMPO MILITAR

El eco de un mapa mal dibujado.

En los mapas del mundo moderno las fronteras parecen líneas firmes. Rectas, claras, tranquilizadoras. Tinta sobre papel.

Pero cuando uno se acerca a ciertos lugares descubre que esas líneas son apenas una ilusión.

La frontera entre Irán, Irak y Turquía es uno de esos sitios donde el mapa nunca terminó de coincidir con la realidad.

Allí, entre montañas ásperas, valles profundos y pueblos que hablan la misma lengua a ambos lados de la línea, la frontera no es una pared. Es un territorio vivo.

Y en ese territorio, en estos días, han vuelto a escucharse pasos armados.

No se trata de una invasión.

No hay columnas militares cruzando la frontera ni banderas levantadas sobre ciudades.

Lo que ocurre es algo mucho más pequeño… y mucho más antiguo.

Pequeños grupos kurdos armados han realizado incursiones hacia territorio iraní.

Pero para entender qué significa realmente eso hay que mirar más profundo. Mucho más profundo.

Porque detrás de cada paso armado hay una historia que comenzó hace más de un siglo.

Las montañas que nunca se rindieron

En las montañas del Kurdistán iraquí operan desde hace décadas movimientos kurdos que se oponen al régimen de Teherán.

No son ejércitos convencionales ni fuerzas capaces de invadir un país.

Son guerrillas pequeñas, formadas por combatientes que conocen cada sendero de la montaña y cada paso fronterizo.

Entre los grupos más activos se encuentran el Partido por una Vida Libre en Kurdistán (PJAK) y el Partido Democrático del Kurdistán Iraní (PDKI).

Ambas organizaciones mantienen bases en zonas montañosas del Kurdistán iraquí, muy cerca de la frontera con Irán. Desde allí realizan incursiones esporádicas hacia territorio iraní.

Estas acciones suelen consistir en infiltraciones pequeñas, ataques a puestos fronterizos aislados, sabotajes limitados o acciones de propaganda armada.

No buscan conquistar ciudades ni controlar territorios.

Su objetivo es otro.

En la lógica de la guerra de guerrillas, lo importante no es derrotar al Estado en una batalla frontal. Lo importante es recordarle al Estado que el conflicto sigue existiendo.

Las montañas del Kurdistán son el escenario perfecto para ese tipo de lucha.

Durante siglos han protegido rebeldes, tribus y movimientos insurgentes. Y, como ocurre muchas veces en Medio Oriente, las montañas tienen una memoria mucho más larga que los gobiernos.

Un pueblo dividido por el mapa

Para comprender por qué ocurre esto hay que retroceder al momento en que el mapa del Medio Oriente fue rediseñado por las potencias europeas.

Cuando el Imperio Otomano se derrumbó tras la Primera Guerra Mundial, el Reino Unido y Francia reorganizaron la región según sus propios intereses estratégicos.

No lo hicieron pensando en los pueblos que vivían allí.

Lo hicieron pensando en rutas comerciales, equilibrio de poder y control de recursos.

En ese proceso —famoso por acuerdos como Sykes-Picot— el territorio histórico del Kurdistán fue dividido entre varios Estados.

Los kurdos quedaron repartidos entre:

Turquía, Irán, Irak y Siria.

Gran Bretaña tuvo un papel central en esa ingeniería geopolítica. Su prioridad era asegurar la estabilidad de los territorios que consideraba estratégicos, especialmente Irak, donde se encontraban los grandes campos petroleros de Mosul y Kirkuk.

Para garantizar ese control, el mapa fue trazado integrando regiones kurdas dentro de nuevos Estados creados o reorganizados bajo influencia británica.

El resultado fue un mapa artificial.

Un mapa diseñado en oficinas de Londres y París que ignoraba la distribución real de pueblos, lenguas e identidades.

Hoy se estima que el pueblo kurdo reúne entre 30 y 40 millones de personas, lo que lo convierte en la mayor nación sin Estado propio del planeta.

La mayoría vive repartida entre Turquía, Irán, Irak y Siria, consecuencia directa de aquel rediseño geopolítico posterior a la Primera Guerra Mundial.

Dentro de Irán habitan aproximadamente 9 a 10 millones de kurdos, cerca del 10 % de la población del país, concentrados principalmente en las provincias occidentales de Kurdistán, Kermanshah, Azerbaiyán Occidental e Ilam.

Esta realidad demográfica explica por qué el llamado problema kurdo nunca desaparece del todo.

No se trata de pequeños grupos aislados.

Se trata de un pueblo numeroso, con lengua, identidad cultural e historia propia, repartido entre varios Estados que han intentado —con mayor o menor éxito— integrarlo dentro de sus fronteras.

Un siglo después, aquellas líneas siguen generando tensiones.

La lógica de las incursiones

Las incursiones kurdas actuales no representan el inicio de una guerra abierta contra Irán.

Son operaciones pequeñas, localizadas en zonas montañosas cercanas a la frontera.

Este tipo de acciones suele intensificarse cuando el Estado iraní está concentrado en otros frentes, ya sea por crisis internas o por tensiones regionales.

En esos momentos las guerrillas buscan aprovechar el contexto para aumentar la presión política y simbólica.

Aquí aparece también una dimensión internacional que no puede ignorarse.

Estados Unidos mantiene presencia militar y política en Irak, especialmente en las zonas donde opera el gobierno regional kurdo.

Washington no reconoce oficialmente a los grupos que realizan ataques contra Irán ni declara apoyar acciones armadas desde el Kurdistán iraquí.

Sin embargo, el complejo entramado de alianzas en la región genera un escenario ambiguo.

Para Estados Unidos, limitar la influencia regional de Irán ha sido durante décadas un objetivo estratégico.

En ese contexto, muchos analistas consideran que Washington observa estos movimientos con cierta tolerancia estratégica.

No necesariamente porque los organice o los controle, sino porque cualquier presión adicional sobre Teherán contribuye a reducir su margen de maniobra en Medio Oriente.

En esta región del mundo, la política rara vez se mueve en blanco y negro.

Muchas veces se trata de equilibrios, tolerancias y silencios calculados.

La reacción de Teherán

Irán responde a estas incursiones con firmeza.

Cuando detecta actividad insurgente en la frontera suele desplegar operaciones de la Guardia Revolucionaria, ataques de artillería o bombardeos contra posiciones sospechosas cerca de la línea fronteriza.

Al mismo tiempo, Teherán ejerce presión diplomática sobre el gobierno regional kurdo de Irak para que controle las actividades de estos grupos dentro de su territorio.

Pero controlar completamente esas montañas es extremadamente difícil.

La geografía juega a favor de las guerrillas y convierte a la frontera en un espacio donde la autoridad estatal nunca es absoluta.

El verdadero temor de Teherán

Sin embargo, lo que realmente preocupa al poder iraní no son estas incursiones aisladas.

El peligro estratégico sería otro escenario.

Si una crisis regional se profundizara, el verdadero temor de Teherán no sería una incursión aislada en las montañas, sino la posibilidad de que varias fracturas internas se activen al mismo tiempo.

En el oeste del país viven millones de kurdos, un pueblo con identidad propia y una larga historia de rebeliones que se remonta a la efímera República de Mahabad de 1946.

Más al sudeste, en la provincia de Sistán-Baluchistán, se encuentra la minoría baluche. Se trata de una población mayoritariamente sunita dentro de un Estado dominado por el chiismo. Es además una de las regiones más pobres del país, donde han surgido periódicamente movimientos armados que desafían al poder central.

Más al suroeste aparece otra zona sensible: Juzestán, la provincia petrolera de Irán. Allí vive una importante población árabe que ha protagonizado protestas vinculadas al reparto de los recursos energéticos y a la desigualdad económica.

Y por encima de todas esas tensiones regionales existe otro factor que inquieta a las autoridades iraníes: las grandes ciudades.

Teherán, Isfahán, Shiraz o Mashhad concentran una juventud numerosa, educada y cada vez más conectada con el mundo.

Cuando la presión económica o política supera ciertos límites, esas ciudades pueden convertirse rápidamente en el escenario de protestas masivas.

Ese sería el escenario que realmente podría poner en riesgo la estabilidad del Estado iraní.

La guerra que se expande

Las incursiones kurdas en la frontera iraní no pueden entenderse de forma aislada.

Ocurren en medio de una guerra regional abierta entre Irán, Estados Unidos e Israel, que comenzó tras una serie de ataques directos contra objetivos iraníes y la posterior respuesta de Teherán contra bases y aliados occidentales en Medio Oriente.

Este conflicto ya no se limita a un enfrentamiento entre Estados.

Se está transformando en una guerra de múltiples capas.

En una capa aparecen los ataques directos entre potencias: bombardeos, misiles, drones y operaciones militares que alcanzan a varios países de la región.

En otra capa aparecen actores indirectos: milicias, insurgencias, grupos regionales y minorías que aprovechan el momento de tensión para presionar a los Estados.

Las incursiones kurdas en territorio iraní forman parte de ese segundo nivel del conflicto.

No significan que los kurdos estén invadiendo Irán.

Significan que la guerra regional está empezando a abrir grietas internas dentro del país.

Para Washington y sus aliados, cualquier presión sobre el Estado iraní —sea económica, militar o política— contribuye a limitar su capacidad de proyectar poder en Medio Oriente.

Para Teherán, en cambio, el mayor peligro no es únicamente el enfrentamiento externo.

El verdadero riesgo sería que la presión militar externa coincida con fracturas internas: minorías movilizadas en las fronteras, tensiones sociales en las ciudades y una economía sometida a sanciones y guerra.

Ese es el escenario que los estrategas llaman desgaste multidireccional.

Una guerra que no llega solo desde el exterior.

Una guerra que empieza a aparecer también dentro de las fronteras.

*Licenciado en Historia y especialista en geopolítica de Medio Oriente. DNI: 13.862.378