República Argentina: 3:34:18pm


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Por Roberto Arnaiz* colaboración para TIEMPO MILITAR

La declaración de Trump reabrió un viejo debate sobre la dependencia, la autonomía y el verdadero alcance de una de las alianzas más importantes del mundo contemporáneo.

“Sin Estados Unidos, Israel no existiría”.

La frase pronunciada por Donald Trump durante la cumbre del G7 del 16 de junio de 2026 recorrió el mundo en cuestión de minutos. No fue una declaración más. En un momento de fuerte tensión en Medio Oriente, marcado por la confrontación entre Israel e Irán y por el creciente debate internacional sobre el papel de Washington en la región, sus palabras reabrieron una discusión que trasciende a los gobiernos y a las coyunturas políticas: ¿hasta qué punto la existencia y la seguridad de Israel dependen de Estados Unidos?

Fiel a su estilo, Trump fue incluso más lejos. Afirmó que, sin las decisiones adoptadas por su administración, Israel habría sido destruido hace tiempo. La contundencia de la declaración generó reacciones inmediatas. Para algunos, reflejó una realidad estratégica evidente. Para otros, constituyó una exageración destinada a magnificar el papel estadounidense en la historia contemporánea.

Como suele ocurrir con las afirmaciones categóricas, la verdad parece encontrarse en un punto intermedio.

Israel nació en 1948 como resultado de un largo proceso histórico que difícilmente pueda atribuirse a una sola potencia extranjera. El movimiento sionista había impulsado durante décadas la creación de un hogar nacional judío. Las persecuciones sufridas por millones de judíos europeos y el impacto moral del Holocausto reforzaron ese objetivo. Finalmente, la aprobación del plan de partición de las Naciones Unidas abrió el camino para la proclamación del nuevo Estado.

Sin embargo, la declaración de independencia no garantizaba su supervivencia.

Apenas unas horas después de su nacimiento, Israel debió enfrentar una guerra contra varios países árabes que rechazaban su existencia. La continuidad del nuevo Estado dependió entonces de la movilización de su población, de las decisiones de sus dirigentes y de la capacidad de sus fuerzas armadas para resistir en circunstancias extremadamente adversas.

En aquellos primeros años, Washington aún no ocupaba el lugar central que tendría posteriormente. De hecho, Francia desempeñó un papel decisivo como proveedor de armamento y tecnología militar durante buena parte de la década de 1950. La asociación estratégica con Estados Unidos se consolidó gradualmente y alcanzó una nueva dimensión después de la Guerra de los Seis Días de 1967.

Desde entonces, la relación entre ambos países se convirtió en uno de los vínculos más sólidos y duraderos de la política internacional contemporánea.

Durante décadas, Washington proporcionó asistencia financiera, cooperación en inteligencia, acceso a tecnología militar avanzada y respaldo diplomático en numerosos organismos internacionales. Esa colaboración permitió al Estado israelí mantener una ventaja cualitativa sobre la mayoría de sus adversarios regionales.

Sistemas de defensa antimisiles, aeronaves de última generación, programas conjuntos de investigación, cooperación cibernética y desarrollo tecnológico forman parte de una estructura de cooperación que posee pocos equivalentes en el escenario internacional.

Pero sería un error interpretar esa realidad como una prueba de dependencia absoluta.

La ayuda estadounidense resultó decisiva en numerosos momentos críticos. Sin embargo, Israel también desarrolló capacidades propias que explican buena parte de su fortaleza actual. Transformó el apoyo recibido en innovación tecnológica, consolidó una industria de defensa de primer nivel mundial, impulsó un ecosistema científico altamente competitivo y construyó una economía capaz de competir en sectores de vanguardia.

Hoy, muchas de las tecnologías israelíes son exportadas a países de todo el mundo. Su industria militar produce sistemas utilizados por numerosos ejércitos y sus empresas tecnológicas ocupan posiciones destacadas en áreas como la inteligencia artificial, la ciberseguridad y las comunicaciones.

Tampoco puede ignorarse un factor menos visible, aunque igualmente importante: la cohesión nacional.

A lo largo de su historia, la sociedad israelí enfrentó conflictos armados, amenazas terroristas y desafíos de seguridad permanentes. Esa experiencia contribuyó a fortalecer una cultura estratégica basada en la preparación, la innovación y la capacidad de adaptación frente a escenarios adversos.

Por eso, la afirmación de Trump contiene una parte de verdad y una parte de exageración.

Exagera cuando atribuye a Washington la existencia misma de Israel. Ninguna nación logra sostenerse durante casi ocho décadas únicamente gracias al apoyo de un aliado, por poderoso que este sea.

Pero también acierta al señalar que pocas alianzas han sido tan determinantes para la seguridad de un país como la que une a Estados Unidos e Israel desde la segunda mitad del siglo XX.

Existe, además, un aspecto que suele quedar fuera del debate. Estados Unidos también obtuvo importantes beneficios estratégicos de esta asociación. Durante la Guerra Fría y en las décadas posteriores, Israel se convirtió en uno de los socios más confiables de Washington en una región caracterizada por la inestabilidad política, las disputas energéticas y los conflictos armados. La cooperación en inteligencia, el intercambio tecnológico y la presencia de un aliado sólido en Medio Oriente fortalecieron durante décadas los intereses estadounidenses.

Al mismo tiempo, Israel ha demostrado en numerosas oportunidades una notable autonomía de decisión. A lo largo de su historia realizó operaciones militares y adoptó medidas de seguridad que no siempre coincidieron con las preferencias de la Casa Blanca. Esa capacidad de actuar según sus propios intereses constituye una de las razones por las cuales sigue siendo considerado un actor regional con peso propio y no simplemente una extensión de la política exterior estadounidense.

Quizás allí radique el verdadero significado de las palabras de Trump.

Más que describir el pasado, reflejan una determinada visión del orden internacional. Una visión según la cual la seguridad de los aliados depende esencialmente del respaldo de la potencia norteamericana y donde las relaciones estratégicas se interpretan en términos de protección y dependencia.

La historia, sin embargo, ofrece una lección más compleja.

Las alianzas pueden aportar recursos, tecnología, protección diplomática y poder militar. Pero ninguna nación sobrevive únicamente por la ayuda de sus aliados. Las que perduran son aquellas que conservan la voluntad, la capacidad y la decisión de defender su propia existencia.

* Licenciado en Historia y especialista en geopolítica DNI 13.862.378