República Argentina: 1:58:01pm

Por Roberto Arnaiz colaboración para TIEMPO MILITAR.

Hay palabras que los diarios pronuncian con guantes blancos.

“Humillado”, por ejemplo. Suena limpia, casi quirúrgica, como si la derrota pudiera contarse sin polvo en los pulmones ni sangre en los oídos. Pero Hezbollah —milicia chií, partido político, aparato social y mito armado— no está simplemente humillada. Está herida. Y los cuerpos heridos, cuando son grandes, no caen de inmediato: se arrastran, respiran hondo, esperan el momento de morder.

En septiembre de 2024, bajo veintisiete metros de escombros en los suburbios del sur de Beirut, apareció el cuerpo de Hassan Nasrallah. Poco importa si murió aplastado por el cemento o asfixiado en su búnker. El detalle técnico es irrelevante frente al símbolo: el hombre que habló durante décadas como si fuera la voz misma de la resistencia terminó reducido a un cadáver sin micrófono. Con él no cayó solo un líder. Cayó una ilusión: la de la autonomía.

Para entender a Hezbollah no alcanza con mirar al Líbano. Hay que girar la cabeza hacia Teherán. El chiísmo político que estructura a la República Islámica no concibe el poder como una frontera nacional, sino como un sistema de órbitas. Hay un centro que irradia sentido y periferias que lo ejecutan.

Hezbollah fue, durante cuarenta años, el satélite más disciplinado: una extensión armada diseñada para proyectar la voluntad iraní sin exponer directamente al régimen.

No es improvisación ni arrebato emocional. Es teología aplicada a la estrategia. El tiempo largo, el sacrificio diferido, la paciencia convertida en método. El martirio no como final, sino como inversión. En esa lógica,

Hezbollah fue la inversión más rentable de Irán: ideologizado, armado hasta los dientes, dispuesto a pagar con sangre decisiones tomadas a miles de kilómetros.

 Pero incluso los satélites más fieles dependen de la energía del centro. Y el centro empezó a titubear. Hezbollah no fue solo una milicia. Fue un Estado paralelo. Hospitales, escuelas, bancos, redes de ayuda social y, en las sombras, un entramado criminal que financiaba la maquinaria: narcotráfico, contrabando, lavado de dinero. Venezuela operó como nodo funcional de ese circuito. Mientras el

dinero fluía, la fe encontraba argumento. Hoy el circuito cruje. Y cuando el dinero deja de creer, la ideología tartamudea.

En el sur del Líbano, donde la organización prometía reconstruir más rápido que el propio Estado, hay pueblos que siguen abiertos como bocas desdentadas. Casas partidas al medio. Familias esperando cheques que rebotan. Irán continúa pagando salarios a combatientes, pero ya no sostiene la reconstrucción ni el bienestar social. La prioridad es conservar la capacidad militar como amenaza estratégica contra Israel, no la calidad de vida de los chiíes libaneses. Lo que en Teherán es cálculo, en Tiro o Nabatieh es abandono.

Hubo un tiempo en que Hezbollah no se discutía. Se lo aceptaba o se lo temía. Hoy se lo debate en televisión. De manera superficial, con panelistaslivianos, pero se lo debate. Y eso es grave. Cuando el miedo se vuelve conversación, pierde densidad. Un presidente libanés habló de las armas fuera del control del Estado como “una carga”. No dijo Hezbollah. No hacía falta.

Hace una década, esa frase habría sido impronunciable. Hoy es apenas riesgosa. El tabú se evaporó.

Israel, mientras tanto, golpea con precisión. Ataques selectivos. Comandantes eliminados uno por uno. Reuniones suspendidas por temor a drones invisibles. La figura del guerrero invencible fue reemplazada por la del administrador paranoico.

Tras la muerte de Nasrallah, la autonomía se redujo. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica dejó de influir para empezar a ordenar.

Estrategia, escaladas, límites: todo pasa por Teherán. Hezbollah ya no decide; ejecuta. Un movimiento que pierde autonomía deja de ser local. Se vuelve sucursal. Y las sucursales generan obediencia, no lealtad. Entre los propios chiíes libaneses crece el resentimiento. No desean guerras que no eligieron ni morir por consignas formuladas en persa.

Aquí suele fallar el análisis occidental. Se espera una respuesta inmediata, proporcional, visible. Se mide con el reloj de las democracias agotadas: encuestas, ciclos electorales, titulares de veinticuatro horas. Pero la cosmovisión chií no entiende el tiempo como urgencia sino como reservaestratégica. La paciencia —sabr— no es resignación. Es disciplina activa.

Esperar no es detenerse: es acumular sentido mientras el adversario se desgasta en su ansiedad.

La figura del Imam oculto, central en el chiísmo duodecimano, introduce una idea radical: la ausencia no es derrota, es promesa. La justicia puede demorarse sin desaparecer. Por eso Hezbollah no responde como se espera

en Washington o Tel Aviv. Puede retroceder hoy para reaparecer mañana. En esa lógica, el silencio no es capitulación: es incubación.

 Hezbollah no está acabado. Está mutando. Retoma métodos que lo fortalecieron en los años ochenta: células pequeñas, descentralización, túneles, contrabando, guerra de guerrillas. Ha cedido posiciones al sur del río Litani, permitió el despliegue del ejército libanés, pero consolida espacios menos visibles. Recupera armas en Siria. Reactiva rutas clandestinas. Revaloriza la Bekaa - un amplio valle en el este del Líbano-.

Su fuerza política reside en la ambigüedad. No se desarma, pero tampoco confronta abiertamente. No dispara, pero no entrega. Un choque frontal

aceleraría su declive. Prefiere el desgaste, la espera, la sombra.

Un activista chií lo sintetizó con crudeza: “Las armas son el corazón de Hezbollah”. Sin armas, el movimiento perdería su excepcionalidad y quedaría reducido a partido convencional. Por eso no se desarmará mientras el régimen iraní sobreviva. Mientras la teocracia exista, sus satélites seguirán girando, aunque sus órbitas sean cada vez más inestables.

El cadáver todavía fuma. Todavía se mueve. Todavía puede morder.

Ya no impone silencio ni compra futuro, pero tampoco se precipita hacia su final. No corre porque no lo necesita. Su lógica no es la del desenlace inmediato, sino la de la espera organizada.

En ciertas guerras —las que se libran con fe y memoria— el que se apura pierde. Y Hezbollah, aun debilitado, sigue jugando a largo plazo.

Bibliografía

Irán en llamas: El arte milenario de saber esperar.