República Argentina: 2:51:04pm

Por Roberto Arnaiz* artículo de colaboración para TIEMPO MILITAR

Muchos militares venezolanos lo confiesan hoy, cuando ya no visten uniforme ni sienten el aliento del miedo en la nuca: Hugo Chávez no llegó al poder solamente con votos. Lo hizo asegurándose algo más decisivo y silencioso: la obediencia comprada de los cuarteles. No hubo epopeya ni romanticismo revolucionario. Hubo cálculo, paciencia y una corrupción administrada con precisión de relojero.

Chávez entendió una verdad elemental que los políticos civiles suelen ignorar por ingenuidad o soberbia: el soldado no vive solo de órdenes ni de consignas; también responde a incentivos. Y él eligió el más eficaz, el que no necesita discursos largos ni convencimientos profundos.

Apenas asumió la presidencia, en febrero de 1999, movió las piezas. No esperó a consolidarse ni a medir resistencias. Lanzó el Plan Bolívar 2000 como quien arroja una granada envuelta en papel celofán. El relato era impecable: soldados saliendo de los cuarteles para ayudar al pueblo, construir escuelas, reparar hospitales, vender alimentos baratos. La escena estaba pensada para la foto y para la fe. Uniformes verdes repartiendo bolsas de comida. Fusiles apoyados contra la pared. La “unión cívico-militar” convertida en consigna obligatoria.

Pero debajo de esa postal había otra cosa.El Ejército venezolano tenía decenas de miles de efectivos. Sin embargo, el verdadero poder quedó concentrado en un grupo reducido de oficiales. Unos pocos cientos accedieron al manejo directo de presupuestos colosales, sin controles civiles, sin auditorías serias y sin licitaciones que merecieran ese nombre. El resto de la institución fue arrastrado como comparsa, como decorado humano necesario para legitimar un mecanismo que no entendía ni dirigía.

La mayoría creyó. Soldados y suboficiales trabajaron en barrios pobres, cargaron bloques, levantaron paredes y repartieron alimentos convencidos de que estaban haciendo patria. Había cansancio, sudor y una fe rudimentaria pero sincera. Mientras tanto, lejos del barro, otros firmaban contratos, inflaban presupuestos y abrían cuentas. Dos realidades distintas, separadas por una puerta cerrada.

Ahí estuvo la astucia más oscura del sistema: usar a la tropa como coartada moral. El soldado veía sacrificio. El general veía oportunidad. Donde uno encontraba esfuerzo, el otro encontraba negocio. No pasó mucho tiempo hasta que aparecieron los desvíos. Escuelas que nunca se levantaron. Hospitales que existían solo en los informes. Empresas fantasmas con sellos oficiales. Alimentos subsidiados que desaparecían de los mercados populares para reaparecer en el contrabando. Millones destinados a asistencia social evaporados en redes de lealtad política.

Durante un breve parpadeo institucional, la Contraloría General detectó irregularidades en guarniciones de todo el país. Los informes eran brutales: oficiales incapaces de explicar mansiones, camionetas de lujo y patrimonios incompatibles con cualquier salario militar. Mientras tanto, la promesa revolucionaria seguía esperando turno.

Cuando las denuncias se volvieron imposibles de tapar, Chávez eligió. Y eligió proteger. No castigó a los responsables; los blindó. Lo dijo sin rodeos: “No voy a permitir que se ataque a la Fuerza Armada”. Con esa frase selló una doctrina. La lealtad estaría por encima de la ley. Investigar sería considerado traición.

Sancionar a la cúpula militar habría significado dinamitar el corazón de su poder. Prefirió la impunidad. Ahí se cerró el pacto.

El Plan Bolívar 2000 no fue un error ni un desliz administrativo. Fue un ensayo general. El laboratorio donde el chavismo aprendió a gobernar con uniforme ajeno. De allí salió una nueva casta: oficiales enriquecidos, atados al régimen no por convicción, sino por miedo a que la verdad los alcanzara.

La mayoría del Ejército quedó atrapada en una trampa sin ruido. No había robado, pero había obedecido. No se había enriquecido, pero había servido de legitimación. El sistema se ocupó de borrar las diferencias. Todos adentro del mismo saco. Así nació el miedo, ese que no necesita gritos para funcionar. Con los años, ese miedo se convirtió en discurso. Voceros como Diosdado Cabello o el ministro de Defensa Vladimir Padrino López dejaron de hablar como funcionarios de un Estado y comenzaron a hacerlo como vigilantes del régimen. El tono fue áspero, intimidante, cargado de amenaza.

No estaba dirigido a convencer, sino a disciplinar. Hacia afuera, el régimen aprendió a modular. Después del 3 de enero, bajaron las bravatas, aparecieron los mensajes ambiguos hacia Estados Unidos y se impuso un lenguaje más cuidadoso. No por convicción democrática, sino por necesidad.

Puertas adentro, nada cambió. El miedo siguió siendo la herramienta principal. Un sistema sostenido por una minoría enriquecida y una mayoría engañada no puede permitirse la calma. Vive de la presión constante y del silencio impuesto.

Desde la lógica de la guerra híbrida, la jugada fue precisa: no convertir a todo el Ejército en una mafia, sino transformar a la institución completa en rehén de una élite corrupta.

Los soldados creyeron que construían un país. Los generales construyeron fortunas. El régimen construyó su blindaje. No fue improvisación. No fue error. Fue ingeniería del poder.

La historia está llena de escenas parecidas. El poder político rara vez captura a las fuerzas armadas con ideas; lo hace con privilegios, dinero y temor. Se corrompe a una minoría, se utiliza a la mayoría y luego se ata a todos al silencio.

Venezuela no inventó el método. Lo repitió. Por eso no es una excepción, sino un aviso. Cuando una fuerza armada deja de ser profesional y se convierte en socia del poder, la democracia ya está herida, aunque todavía no lo sepa.

La historia no sirve para indignarse tarde. Sirve para advertir antes. Porque los errores del pasado no regresan como tragedias anunciadas, sino como promesas tentadoras. Empiezan con palabras nobles y relatos épicos. Y terminan siempre igual: con instituciones rotas, sociedades atemorizadas y generaciones preguntándose cuándo fue el momento exacto en que todo empezó a perderse.

Venezuela es ese recordatorio incómodo. Y los recordatorios existen por una sola razón: para que no se repita lo que aún puede evitarse.

*DNI 13862.378