República Argentina: 6:30:15pm


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Por Julio C. Borda * publicado por www.laprensa.com.ar

El honor era para don Martín Miguel de Güemes la principal cualidad de la que debía enorgullecerse todo hombre, además de la dignidad y el coraje.

Cuenta doña Juana Manuela Gorriti que en una oportunidad, estando el salteño en una estancia llamada “Los Horcones”, propiedad de la familia de aquélla, se presentan ante don Martín tres oficiales españoles mandados como emisarios por el Virrey La Serna. El propósito era el de entregarle una carta escrita por el funcionario realista, la que estaba dirigida al ilustre salteño. Lo que le ofrecía el virrey al bravo Güemes era un millón de pesos fuertes, además de un título de nobleza en Castilla a cambio de que el prócer abandonara la carrera militar y se fuese a vivir a España. En una palabra, se trataba de un soborno grosero y agraviante para alguien de la estatura moral del salteño.

Pues bien, la señora Gorriti, testigo presencial del hecho, señala que luego de leer la ofensiva carta, Güemes indignado levanta la vista y en forma enérgica se dirige hacia los temerosos oficiales diciéndoles lo siguiente: “Decid a Vuestro Virrey que Martín Güemes, rico y noble por nacimiento, ha sacrificado su fortuna entera en el servicio de la patria; que para él no hay títulos más gloriosos que el amor de sus soldados y la estimación de sus conciudadanos”.

Fue tal el impacto que produjeron esas palabras en los oficiales españoles, que a uno de ellos se le oyó decir: “Con tales adversarios nuestros esfuerzos serán vanos y América se perderá pronto a la corona de España”.

EMBOSCADA

El 17 de junio de 1821, fallece don Martín Miguel de Güemes, producto de una emboscada ocurrida el 7 de junio de ese año. Fueron diez días de una agonía atroz. La partida encargada de poner fin a la vida del caudillo salteño, estaba al mando de un oficial de nombre José María Valdés, conocido como el Barbarucho, hombre vehemente y apasionado que en los combates cometía numerosos excesos contra el enemigo. Al darse cuenta de sus abusos, él mismo comentaba: “!qué barbarucho soy!”.

Los realistas querían matar a Güemes pues se había convertido en una verdadera pesadilla para sus planes. No podían dejar que viviera y que arruinara sus planes. Todo estaba dispuesto para la noche fatal; el prócer se encontraba en la casa de su hermana Macacha sita en Salta; al oír una descarga, Güemes reacciona y junto con su escolta se dirige en su caballo hacia el lugar de donde provenían los tiros. Cuando divisa a los realistas que le impedían el paso, el desafortunado salteño los enfrenta sable en mano, pero un tiro fatal penetra por la nalga y le desgarra la ingle derecha.

Dice su cuñado Dionisio Puch: “el general llevaba la muerte en su seno; una de las mil balas que destrozaron sus vestidos, su gorra y hasta los tiros de su espada, había atravesado su cuerpo regando con sangre la senda gloriosa que seguía”.

Aferrado al pescuezo de su caballo, llega al paraje La Higuera, acompañado de sus fieles gauchos; allí pasa sus últimos días. Sus hombres acuden presurosos a solicitar auxilio del Dr. Castellanos, quien va en busca del herido que yacía debajo de un árbol. El prócer se desangra poco a poco, los dolores son terribles, ya no los aguanta.

Las autoridades españolas, sabiendo de la penosa condición de Güemes, envían emisarios ofreciéndole ayuda médica prometiéndole además, honores, empleo y cuando quisiere siempre que sus tropas se rindieran a España.

Indignado, Güemes desde su lecho de muerte manda a llamar a su lugarteniente Jorge Enrique Vidt y le ordena: “Coronel, tome usted el mando de las tropas y marche inmediatamente a poner sitio a la ciudad y no me descanse hasta arrojar fuera de la patria al enemigo”.

El 17 de junio, como ya se señaló, se produce el desenlace fatal: Güemes deja de existir.

El historiador Zuviría señala que así terminó su ilustre carrera ese joven guerrero, azote de los españoles y página de oro de la historia patria.

HOMBRE INTEGRO

Este fue Güemes, hombre íntegro, cabal, desprendido; amigo de sus soldados, consejero leal y generoso, hombre de palabra, de coraje y de valor para enfrentar al poderoso invasor. Nunca titubeó ante la adversidad, muy por el contrario, los momentos difíciles los vivía como un reto a su entereza, a su incondicional amor por la Patria. Fue admirado por ese pueblo que veía en él a un padre que cuidaba de sus hijos, fue respetado por sus leales soldados, pero también fue calumniado e insultado por aquellos hombres estrechos de miras, que sólo deseaban acrecentar sus bienes personales, sin interesarles el destino de la Patria que los cobijaba.

Ese fue Güemes, un hombre como muchos, pero un patriota como pocos.