Por Identidad Correntina publicado por www.identidadcorrentina.com.ar . Hay una forma de confort particularmente peligrosa en tiempos de polarización.
No es económica.
No es material.
Es mental.
Consiste en vivir dentro de una trinchera ideológica donde todo parece simple, ordenado y previsible. Allí el mundo se divide en buenos y malos, héroes y villanos, amigos y enemigos. Todo encaja. Todo tiene explicación. Todo confirma nuestras creencias.
Y precisamente por eso, ese refugio resulta tan seductor.
Porque pensar de verdad siempre exige incomodidad.
Dudar.
Revisar.
Escuchar.
Aceptar que incluso quien nos irrita puede tener algo de razón.
Ese ejercicio, sin embargo, se ha vuelto cada vez más raro en la Argentina.
La grieta no solo fragmentó la política.
También colonizó el lenguaje, el periodismo, la cultura, las redes sociales y, en muchos casos, la vida cotidiana.
Se volvió una forma de mirar el mundo.
Y también de simplificarlo.
Eso tiene consecuencias profundas.
Cuando una sociedad entra demasiado tiempo en lógica de trinchera, empieza a perder algo esencial: la capacidad de pensar con matices.
La complejidad incomoda.
La ambigüedad molesta.
La duda genera sospecha.
Entonces todo se reduce a alineamientos.
Si criticas al gobierno, automáticamente perteneces al campo enemigo.
Si reconoces un acierto del oficialismo, pasas a ser sospechoso de complicidad.
Si señalas errores de la oposición, te etiquetan de inmediato.
No importan demasiado los argumentos.
Importa el bando.
Y cuando el bando importa más que la verdad, el pensamiento se empobrece.
En ese clima, incluso el periodismo queda atrapado.
El periodista deja de ser evaluado por la consistencia de su trabajo y pasa a ser medido por algo mucho más rudimentario: a quién beneficia o perjudica con lo que publica.
El análisis queda subordinado a la sospecha.
La información, a la tribalización.
Todo se vuelve interpretación interesada.
Es una lógica agotadora.
Y profundamente estéril.
Porque las sociedades no avanzan a través de la repetición mecánica de consignas. Avanzan cuando existe tensión creativa entre ideas distintas.
Cuando hay debate real.
Cuando alguien puede cambiar de opinión sin ser tratado como traidor.
Cuando disentir no implica romper.
Ese capital hoy parece escaso.
La polarización, además, produce un efecto silencioso: genera aburrimiento.
Puede sonar extraño en un país tan intenso como la Argentina, pero ocurre exactamente eso.
Todo se vuelve previsible.
Cada actor repite su libreto.
Cada tribuna aplaude lo que ya iba a aplaudir.
Cada audiencia escucha únicamente aquello que confirma lo que ya pensaba.
El resultado es una conversación pública cada vez más ruidosa, pero menos interesante.
Más estridente.
Menos inteligente.
En ese contexto, el gobierno de Javier Milei representa una nueva versión de un fenómeno viejo.
Su irrupción modificó el sistema político, pero no eliminó la lógica binaria.
En algunos aspectos, incluso la profundizó.
Hoy buena parte del debate público parece estructurado alrededor de adhesiones totales o rechazos absolutos. El espíritu crítico, tan indispensable para cualquier democracia sana, suele ser interpretado como una forma de traición.
Ese reflejo es peligroso.
Porque ningún liderazgo debería aspirar a la obediencia intelectual.
Ni ningún ciudadano debería resignar su capacidad crítica por identidad partidaria.
Pensar con libertad exige coraje.
Mucho más del que solemos admitir.
Exige soportar la incomodidad de no encajar del todo en ningún bando.
Exige aceptar que una misma persona puede tener aciertos importantes y errores graves.
Exige abandonar certezas absolutas.
Eso cuesta.
Pero es indispensable.
Tal vez una de las mayores formas de resistencia en esta época no sea gritar más fuerte.
Sea pensar mejor.
Pensar sin miedo a disentir.
Pensar sin necesidad de pertenecer a una tribu.
Pensar sin pedir permiso.
Porque cuando la política se convierte en religión, toda duda parece herejía.
Y cuando eso sucede, la inteligencia empieza a retroceder.
Una democracia madura no necesita ciudadanos obedientes.
Necesita ciudadanos lúcidos.
Capaces de escuchar incluso aquello que incomoda.
Capaces de revisar convicciones.
Capaces de dudar.
Al fin y al cabo, las certezas absolutas suelen ser patrimonio de los fanáticos.
La inteligencia, en cambio, casi siempre convive con una cuota de duda.
Y quizá allí resida su mayor fortaleza.




