República Argentina: 1:13:48pm


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Por Constanza Bengochea publicado por www.lanacion.com.ar

Su madre fue a retirar un documento y murió en el atentado más sangriento de Montoneros

A 50 años de la bomba en el comedor de la Superintendencia de la Policía Federal, María Alejandra Cepeda revive el día en que su madre no volvió a casa y la vida de su familia quedó partida para siempre

Ese día, los tres hermanos faltaron al colegio. Estaban engripados. María Alejandra Cepeda tenía 12 años y esperaba con ansias que su madre, Josefina Melucci de Cepeda, regresara del trabajo. Solía traerle una monedita de chocolate o alguna golosina. Pero nunca más volvió a verla.

Con el tiempo, pudo reconstruir qué pasó con su madre aquél trágico viernes 2 de julio de 1976. Supo que al mediodía rompió su rutina como empleada administrativa en YPF para hacer un favor: retirar una cédula de identidad en la Superintendencia de Seguridad Federal, en Moreno 1417, y de paso, almorzar allí con una amiga. Los que conocieron el lugar aseguran que servían platos sabrosos, abundantes y baratos.

Fue un desvío insignificante, uno de esos gestos solidarios que la definían. Pero también fue el último. Ese mediodía una bomba estalló en el comedor de la Policía Federal. Fue el atentado más sangriento de la historia del país hasta la voladura de la AMIA. Destruyó, en un segundo, la vida de los Cepeda.

 “Mi mamá era muy alegre”

-¿Quién era Josefina Melucci de Cepeda?

-Mi mamá era española. Vino a la Argentina a los 11 años, en un barco. Era de Raxó, Pontevedra. Su historia también venía marcada por el dolor. Mi abuela quedó embarazada de un hombre que no reconoció al bebé y sus padres -mis bisabuelos- la encerraron en un establo. Cuando nació mi mamá, se la sacaron porque era un deshonor. Mi abuela no pudo ni conocer a su hija: la embarcaron con una tía y la mandaron a la Argentina. A mi mamá la dejaron en España con sus abuelos. Acá, mi abuela trabajó como fregadera, sirvienta y cocinera. Pasó años ahorrando para poder volver a buscarla. Lo logró cuando mi mamá tenía 11 años. Recién ahí se conocieron madre e hija. Es una historia terrible, y yo la conocí hace muy poco.

-¿Cómo era su madre?

-Mi mamá era una mujer muy emprendedora, muy activa y muy trabajadora. Le gustaba la unión familiar. Era muy alegre. Le gustaba cantar, bailar. Le encantaba trabajar. Era muy amigable, muy sociable, muy de ayudar a las personas. Si necesitabas algo, ella iba y te ayudaba. En la familia siempre era la que generaba los almuerzos de los domingos en casa, la que hacía las fiestas de Año Nuevo. Siempre era de reunir. También era muy exigente... ¡y yo era bastante rebelde!

-¿Cómo era la vida familiar antes del atentado?

-Mis padres se conocieron en un baile. Mi papá, Manuel Antonio Cepeda, era encuadernador de libros. Después abrió una gomería en French y Uriburu. Cuando yo era chica, vivimos en un hotel de pasajeros que tenía mi abuela, también en French y Uriburu. Era un hotel muy grande. Nosotros —mis padres, mi abuela, mi tía y yo— vivíamos en el cuarto y quinto piso. Abajo nuestro estaban los pasajeros. Yo siempre digo que en ese momento estaba rodeada de afecto. Después nació mi hermano Gabriel, el hijo preferido de mi mamá. Mi mamá tenía ojos solo para él y yo estaba celosa. Más tarde nació Carolina y, para entonces, ya nos habíamos mudado a Villa Urquiza. Mi mamá trabajaba en YPF como administrativa, en el sector de Contabilidad. Hacía muchos años que estaba ahí. Trabajaba de lunes a viernes. Se levantaba a las seis con nosotros, nos preparaba el desayuno junto con mi papá y después íbamos al colegio. Gabriel y yo íbamos caminando porque nos quedaba cerca, y mi papá la llevaba hasta Chacarita para que se tomara el subte.

El favor que la llevó al comedor

-¿Cómo fue ese 2 de julio de 1976?

-Ese día fue distinto. Papá la llevó hasta la estación Uruguay porque mi hermana, la más chiquita, estaba enferma. Él iba a llevarla al Policlínico de YPF, que estaba en la calle Uruguay. Según mi hermana, se tomaron el subte, mi mamá siguió viaje y ella siempre dice que ese fue el último día que le dio un beso a su mamá. Ese mediodía, como estábamos enfermos, nos quedamos en casa. Recuerdo que cerca del mediodía la llamé a la oficina. No sé bien para qué, seguramente me había peleado con mi hermano, cosas de chicos. Nos vivíamos peleando: “Mamá, me agarró el pelo”, “mamá, me pelea”. La volvíamos loca. Pero ella ya no estaba, se había ido a la Superintendencia.

-¿Qué iba a hacer en la Superintendencia de Seguridad Federal?

-Había una vecina nuestra, la mamá de Alejandro, un amigo de mi hermano, que le pidió un favor. Alejandro necesitaba la cédula de identidad, entonces su mamá le preguntó a la mía si ella conocía a alguien para tramitarla. Mamá tenía una amiga, Olga, que trabajaba en la Policía. Ese día Olga la llamó para decirle que estaba la cédula de identidad de Alejandro. Le dijo que pasara a buscarla y que, de paso, almorzaban en el comedor. Así que mi mamá arregló para encontrarse con Olga ahí. Aunque todo eso lo supe después. Cuando era chica no sabía nada. Solo sabía que mi mamá había fallecido, pero no sabía cómo. Ni siquiera sabía que había sido un atentado.

El 2 de julio de 1976, al mediodía, una bomba colocada por Montoneros estalló en el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal, donde almorzaban policías, empleados y civiles. El ataque provocó 23 muertos y más de 100 heridos. Fue uno de los atentados más graves de la historia argentina antes de la AMIA

-¿Cuándo empezaron a notar que algo pasaba?

-Entre las cuatro y las cinco de la tarde, que era la hora en que siempre volvía mi mamá. Cuando ella no volvió. Nosotros estábamos solos esperándola. Recuerdo esa sensación de que no llegaba. La casa tenía dos pisos. Arriba estaban los cuartos y en un momento empecé a ver que la planta baja se llenaba de gente. Veía a mi papá que entraba y salía, pero no entendía qué pasaba. Entonces les dije a mis hermanos que fuéramos a la cama de mis papás.

-¿Cómo les dieron la noticia?

-Ya era de noche, alrededor de las nueve. Subió una tía, una hermana de mi papá, y nos dijo: “Su mamá se fue al cielo”. Mi hermano salió corriendo gritando: “¡Mamá!”. Esos gritos, hasta el día de hoy, tengo el eco de esos gritos en mi mente. Yo me fui a mi habitación. Mi abuela me había regalado recién una guitarra porque mis amigas tocaban y yo quería aprender. Nunca aprendí, pero ese día me puse a tocar. Apenas sabía hacerlo. Yo quedé petrificada. No tuve poder de reacción. Quedé helada. No lloré, no grité, no hablé. Nada. A partir de ahí era un autómata. Al día siguiente fuimos al velorio.

-¿Qué supo después de lo que vivió su papá ese día?

-Me enteré de que mi papá fue a buscarla a todos los hospitales porque no llegaba, hasta que surgió el tema del atentado. Esa noche tuvo que ir a reconocer a mi vieja. Seguramente fue muy duro para él. Se quedaba solo con tres chicos. Y justo estaban en el mejor momento.

-¿Por qué dice que estaban en el mejor momento?

-Porque habían comprado la casa soñada y la habían reciclado. La habíamos inaugurado hacía poco, en mayo, y habían invitado a todos los compañeros de trabajo de mi mamá. También habían comprado un lugar para hacer un local, una gomería más grande. Ellos estaban bien. Era el mejor momento. Es como cuando lográs todo lo que querés: formar una familia, tener una casa linda, estar bien económicamente con el esfuerzo de los dos. Porque en esa época trabajabas y lograbas lo que querías. Nadie te regalaba nada. Con mucho esfuerzo lograron todo lo que hicieron. Y de un día para el otro, en un segundo, te destruyen la vida. Es decir, mi mamá… nunca más. Nos dejaron con un dolor y una tristeza muy grandes.

-¿Cómo fue el día después del atentado?

-Fue muy difícil. A mi hermano le costó salir de la habitación, entró en una depresión importante. Yo estaba terminando la primaria y empezaba primer año. Ese primer año me costó horrores. Creo que me aprobaron gracias a las profesoras, porque la verdad es que yo no estaba en mis cabales ni en mi conciencia. Mis amigas fueron siempre mi fortaleza. También mis compañeras del curso. Ellas siempre estuvieron ahí atrás, a veces, sin que yo lo supiera.

-¿Y su padre? ¿Cómo sobrellevó la muerte de su mamá?

-Mi papá a veces se sentaba en el sillón y se ponía a llorar. Yo lo veía y pensaba: “Tengo que ser fuerte por Gabriel y Carolina”. Él también trataba de ser fuerte. Intentaba sacarnos de esa rutina triste: si un amigo le conseguía la posibilidad de ir un fin de semana a San Luis, venía de la gomería, agarraba el auto, nos subía a los tres y nos íbamos.

-¿Qué cambió en la casa después de la muerte de su mamá?

-Entró el frío. La calidez que había con mi mamá se convirtió en frío. Siempre digo que la casa era un frío total. También cambiaron las rutinas. Antes había dos señoras que ayudaban con limpieza, pero un día le dije a mi papá: “No paguemos más. Limpio yo, cocino yo, hago todo yo, porque esto es lo mismo que nada”. Y así fue. Me hice cargo.

-¿Siente que ocupó un poco el lugar de su mamá?

-Sí. Ocupé ese lugar. Traté de ser fuerte con mis hermanos, aunque me agredían. Rezaba todas las noches para que no sufrieran. Pero fue como que yo me anulé y olvidé que era una niña también. Hay una anécdota que aún hoy me causa gracia. Una vez llevé a Gabriel al analista. Yo tendría 13 o 14 años. Lo llevé porque pensaba que él necesitaba análisis. Y el médico me dijo: “Primero necesitás vos”. Me sorprendió, pero sí, era verdad. En ese momento me hice cargo de todo. Mi papá estaba, él también cocinaba y ayudaba a limpiar. Éramos los dos a la par. Pero yo asumí responsabilidades que no me correspondían.

-¿En la casa se hablaba del atentado?

-No. Le habían sugerido a mi papá que sacara las fotos de mi mamá para que nosotros no nos sintiéramos tan mal al verla. La verdad, no sé si fue lo mejor; eran cosas que en esa época se decían. También le recomendaron que hiciéramos tratamiento psicológico, pero él no quiso saber nada. Yo creo que hubiera sido muy bueno. No porque una esté loca, sino porque necesitás un espacio para hablar de cosas dolorosas. Si no, esa carga queda adentro y después reaccionás ante ciertas situaciones de una manera que ni vos entendés. Hay cosas que uno tiene que trabajar y resolver. Y, para mí, la forma más sana es hacerlo con un analista. Es lo que hice después.

-¿En ese momento sabía que había sido un atentado de Montoneros?

-No. En ese momento no tenía idea de nada. Mi mamá había fallecido. No tenía idea de que la habían matado, de que había sido un asesinato, de nada. No sabía nada. Después, con el tiempo, sí me enteré de que había sido un atentado. Pero tampoco quería escuchar. No quería saber porque me hacía mucho mal. Si había una noticia sobre el atentado en el televisor, yo la cambiaba enseguida. No quería ver, no quería escuchar, no quería saber nada. Me refugiaba en los libros, en estudiar.

El dolor que empezó a salir

-¿Cuándo pudo empezar a hablar de lo que había pasado?

-Lo hice de adulta. En un momento caí en una depresión terrible. Sentía que hacía todo, trataba de hacer todo bien, pero era como si todo quedara en la nada. Esfuerzo, esfuerzo, esfuerzo y todo quedaba en la nada. Era un vacío tan grande... Nunca sentí bronca. Lo que hice fue taparlo durante mucho tiempo. Recién en 2022, cuando me llamó Ceferino Reato (autor del libro Masacre en el comedor) pude hablar públicamente del tema y empecé a sanar. Pero no es tan fácil.

Durante años, Alejandra evitó hablar del atentado. “Hasta los 23 años no me reía, no lloraba, no hablaba. Era un ente caminando”, recuerda. A esa edad, algo empezó a destrabarse. Criada en una familia católica, rezaba cinco rosarios por noche, pero con el tiempo sintió que ya no encontraba alivio. Entonces se alejó de la Iglesia y, a través de quien era su novio entonces, conoció el budismo. “Empecé a decir Nam-myoho-renge-kyo. Para mí, esa frase tiene que ver con ingresar en vos misma, con conocerte. Sacó afuera todo el dolor que yo tenía tan adentro. Lo que lloré fue todo lo que tenía que llorar. A partir de ahí me cambió la cara, me cambió la mirada. Empecé a hablar”, dice.

“El dolor es el mismo”

-¿Siente que la muerte de su mamá tuvo justicia?

-No. No tuvo justicia. Por eso espero que se investigue y que haya reconocimiento. Mi mamá no tiene ni una placa. En la puerta están los nombres de las personas que torturaron en ese lugar y adentro están los nombres de los policías que murieron en el atentado. Pero ella no está. Es terrible. Por eso yo digo que voy a hablar siempre. Todo lo que me reste de vida voy a hacer lo máximo para que este hecho se conozca.

-¿Qué pasó con la Justicia?

-No hubo justicia. En algún momento, José Sacheri -uno de los hijos de Carlos Sacheri, el profesor de filosofía asesinado delante de su familia cuando volvía de misa- se comunicó con mi papá buscando víctimas del terrorismo. Él es abogado y quería hacer justicia por esta causa, presentarse como querellante. Después la causa se cerró porque dijeron que, por los años transcurridos, estaba prescripta. Cuando salió el libro de Ceferino Reato, en 2022, los abogados de Justicia y Concordia, junto con querellantes como Margarita de León, la mamá de Ernesto Matienzo, pidieron que se reabriera la investigación. Entonces la Sala I de la Cámara Federal porteña, integrada por Mariano Llorens, Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia, revocó el archivo y ordenó que la causa volviera a analizarse. Para nosotros era importante que la Justicia diera una respuesta. Porque si bien hubo una represión del Estado, y eso fue aberrante, no puede ser que hasta el día de hoy no nos den respuesta a las víctimas del terrorismo. No puede ser que por un hecho tan aberrante no haya justicia. Eso es terrible.

La bomba fue colocada por José María “Pepe” Salgado, un militante de Montoneros infiltrado en la Policía Federal

La causa judicial por el atentado tuvo un recorrido errático: en 2012, la Corte Suprema dejó firme el cierre por prescripción; en 2022, la Cámara Federal ordenó investigar; en 2023, la jueza María Servini volvió a rechazar el planteo, y en diciembre de 2024 la Cámara Federal porteña revocó esa decisión y ordenó avanzar. En 2025, el expediente llegó a Casación. “Esperemos que la Justicia actúe. Necesitamos justicia para todos, no solo para algunos”, dice.

-¿Ustedes cobraron alguna indemnización?

-No. Nada. A mí lo que me indigna es que murió mucha gente que no tenía nada que ver. Si ves el listado, hay mozos, suboficiales de rango menor. Y aún así, aunque hubieran sido de otro rango, ¿tienen derecho a matarlos? Ese es el tema. ¿Cómo puede ser que hoy uno tenga que leer cosas como “bien muertos están” o “habría que matarlos a todos de vuelta”? ¿Puede ser que en la sociedad actual uno tenga que leer esas cosas? Parece que el dolor solamente lo pueden sufrir los familiares de las personas desaparecidas. Parece que solamente ellos tienen derechos. Nosotros no tenemos derecho a nada. Y yo soy civil. Tengo los mismos derechos que todos. También tengo derecho a una reparación. No lo digo solo por la plata. Tengo derecho a que me paguen un psicólogo, a mí y a mis hermanos. No porque estemos locos, sino por el daño moral que nos hicieron. El dolor no se compara. No hay un dolor para los desaparecidos y otro para las víctimas del terrorismo. El dolor es el mismo.

-Si pudiera dejar una imagen de su mamá más allá de la forma en que murió, ¿cuál sería?

-La de una mujer alegre, a la que le gustaban la vida y la amistad. Una mujer solidaria, que siempre ayudaba a quien pudiera. Era exigente, sí, pero también muy luminosa. Tuvo una vida muy dura y, sin embargo, siempre tenía una sonrisa. Le gustaba cantar, cocinar, reunir a la familia, estar con amigos. Tenía una personalidad superfuerte. Esa es la imagen que quiero que quede de ella.

Convocatoria al acto por los 50 años del atentado al comedor de la Policía Federal. El 4 de julio, familiares de las víctimas reclamarán justicia y reconocimiento en el lugar de la masacre, Moreno 1417.

Convocatoria al acto por los 50 años del atentado al comedor de la Policía Federal. El 4 de julio, familiares de las víctimas reclamarán justicia y reconocimiento en el lugar de la masacre, Moreno 1417.

En paralelo a los reclamos judiciales, los familiares de las víctimas convocaron a un acto por los 50 años del atentado al comedor de la Policía Federal. La ceremonia será el 4 de julio, a las 11, en Moreno 1417, el lugar de la masacre, donde pedirán justicia y reconocimiento. Además, según anticiparon, el 6 de julio, a las 17, habrá otro acto en el Senado, organizado por el área de Cultura, al que fue invitada la vicepresidenta Victoria Villarruel.

Por Constanza Bengochea