República Argentina: 5:13:29pm


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Por Mariano Sciaroni publicado por www.pucara.org

En 1974, el Reino Unido estaba interesado en vender las nuevas fragatas Tipo 21 a la Argentina, fabricadas por Vosper Thornycroft. Ocho de estas fragatas ya habían sido ordenadas por la Royal Navy, y el gobierno británico las publicitaba en países amigos como una fragata polivalente moderna y económica.

La negociación formaba parte de una relación naval particularmente estrecha entre ambos países. Argentina acababa de convertirse en el único cliente extranjero de los destructores Tipo 42 equipados con Sea Dart, una circunstancia que los propios funcionarios británicos recordaban al discutir qué información podía entregarse a Buenos Aires. Desde la perspectiva de Londres, la Armada Argentina era un comprador importante y con aspiraciones de operar sistemas comparables a los de la Royal Navy.

Sin embargo, la Armada Argentina no estaba del todo satisfecha con la propuesta de Vosper Thornycroft. El problema era que las Tipo 21 venían equipadas con un misil antiaéreo ya vetusto, el Shorts Seacat. Argentina no quería ese misil. Y no era el único que no lo quería.

Y, por tanto, en el marco de negociaciones, se comenzó a analizar si podían venderse las fragatas, pero con otros misiles.

Entre las opciones puestas sobre la mesa por la Armada Argentina figuraba el sistema italiano Albatros, lo que generó preocupación en la industria naval. Para el gobierno británico, la cuestión ya no consistía solo en vender unos cuantos buques, sino también en evitar que un competidor europeo obtuviera un contrato estratégico en Sudamérica.

La primera contrapropuesta británica fue una versión ligera del Sea Dart, que los argentinos ya habían adquirido. Con esa compra, podían tener un misil dos en uno; antiaéreo y antisuperficie. Pero lo cierto es que no se había autorizado brindar información sobre las capacidades reales antisuperficie del Sea Dart y los argentinos, entonces, dudaban acerca de su efectividad. Se negaron.

Las negociaciones llegaron a un parate. Los argentinos no querían ni al vetusto Seacat ni a una nueva versión del Sea Dart y entonces comenzaron a mirar opciones en otros astilleros europeos.

Fue en ese contexto, en el que el negocio se les iba de las manos, que en 1977 el gobierno británico autorizó finalmente a British Aircraft Corporation (BAC) a suministrar a la Armada Argentina un folleto técnico detallado sobre el GWS.25 Sea Wolf y las Tipo 21. Durante la primera parte del año anterior, el Defence Intelligence Staff (DIS), la organización dentro del Ministerio de Defensa británico que asesora en cuestiones de inteligencia, había sugerido no proporcionar ninguna información a Argentina.

El misil (y sus sistemas asociados, como el radar Tipo 910) todavía estaba en fase de desarrollo, pero había mostrado resultados prometedores en las pruebas realizadas. Su capacidad de reacción automática y su posibilidad de atacar blancos pequeños a muy baja cota constituían un salto espectacular respecto de cualquier otro misil que la Royal Navy tenía en servicio.

La decisión no fue sencilla. Los archivos británicos recientemente desclasificados muestran una intensa discusión interna entre quienes buscaban proteger la información sensible del sistema y quienes consideraban indispensable proporcionar más detalles para mantener vivo el interés argentino.

Los memorandos reflejan con claridad las preocupaciones británicas. Cierta información crítica —parámetros electrónicos, características detalladas de guiado, comportamiento frente a contramedidas electrónicas y otros aspectos operativos— debía permanecer restringida. Sin embargo, los responsables comerciales insistían en que negar demasiada información podía comprometer la venta.

Este sistema sería, vale decir, una versión liviana del Sea Wolf, con solo dos misiles listos para el disparo, teniendo en cuenta el escaso desplazamiento de las fragatas Tipo 21.

Resulta llamativo que en ninguno de los documentos aparezca como preocupación relevante la posibilidad de un futuro conflicto anglo-argentino. El riesgo que obsesionaba a los funcionarios británicos era otro: que información sensible pudiera llegar a la Unión Soviética o a alguno de sus aliados. El marco mental de la Guerra Fría seguía dominando la evaluación estratégica. La hipótesis de una guerra por las Malvinas simplemente no formaba parte de los análisis.

Finalmente, la autorización fue concedida y la Armada Argentina recibió un folleto técnico detallado de 48 páginas, aún más completo que el entregado a Venezuela (otro interesado en comprar) poco tiempo antes.

Aunque ciertos estudios clasificados quedaron fuera del alcance de Argentina, la información proporcionada era notablemente completa para un comprador extranjero potencial. Allí se describían las características generales del sistema, sus sensores y radares, su arquitectura de guiado, la secuencia de interceptación, sus alcances, tiempos de reacción y limitaciones operativas.

Toda la información crítica del sistema GWS.25 Sea Wolf estaba en ese completo manual, lleno de sellos de “SECRETO” y “RESTRINGIDO”.

Sin embargo, pese a la información brindada, la operación nunca se concretó. A fines de la década de los 70s, Argentina optó por los destructores MEKO 360 construidos por Blohm + Voss en Alemania, y el proyecto de las Tipo 21 quedó trunco. La documentación terminó en un oscuro archivo naval.

Pero el inicio de las hostilidades en 1982 cambió todo.

Se necesitaba información sobre los sistemas de misiles británicos que equipaban los buques. Respecto al Sea Dart y el Seacat, la Armada Argentina contaba con esos sistemas en sus propios buques (el Seacat en el ARA General Belgrano), por lo que la información estaba allí, disponible.

En lo que hace al Sea Wolf la situación era distinta. Era el misil británico más avanzado y pareciera que solo se contaba con poco más de la información que surgía de publicaciones en revistas especializadas y los folletos comerciales que el propio fabricante editaba.

Hasta que alguien recordó el manual que los propios británicos habían entregado. La inteligencia naval lo tradujo e hizo muchas copias de este, para entregarlo a la Aviación Naval y a la Fuerza Aérea Argentina.

Los documentos conservados contienen anotaciones manuscritas, observaciones técnicas, diagramas y esquemas detallados de los sistemas de armas asociados al Sea Wolf. El folleto comercial había dejado de ser un instrumento de ventas para convertirse en una fuente de inteligencia técnica.

En lo que respecta a la Armada, especialistas en inteligencia analizaron la organización completa del sistema, identificando radares de vigilancia y de seguimiento, transmisores de comando, enlaces de guiado y lanzadores. También estudiaron las relaciones entre estos componentes y las limitaciones que podían surgir en condiciones reales de combate.

El resultado fue un conjunto de conclusiones tácticas destinadas a maximizar las probabilidades de supervivencia de las aeronaves atacantes frente al sistema de defensa puntual más moderno que poseía la Royal Navy.

Las recomendaciones principales fueron:

Atacar en forma simultánea con por lo menos tres aeronaves para intentar saturar la capacidad de respuesta del sistema.

Mantener perfiles de vuelo extremadamente bajos durante toda la aproximación final.

Realizar maniobras irregulares y cambios continuos de actitud durante el ataque para dificultar el seguimiento preciso por parte de los radares de tracking y aumentar los errores de guiado.

Priorizar como puntos de puntería las antenas de seguimiento, los transmisores de comando y los propios lanzadores Sea Wolf.

Considerar que la eficacia del sistema dependía estrechamente de la formación táctica adoptada por la fuerza naval, ya que los buques equipados con Sea Wolf podían proporcionar cobertura defensiva a otras unidades de alto valor.

Propuesta de lanzador doble (liviano) del sistema GWS.25

Resulta importante destacar que el análisis argentino no minimizaba en absoluto las capacidades del sistema. Por el contrario, revela un elevado respeto profesional por sus prestaciones. Las recomendaciones no buscaban demostrar que Sea Wolf fuera ineficaz, sino identificar procedimientos que permitieran reducir sus probabilidades de éxito. De hecho, el estudio concluía que una agrupación naval correctamente organizada podía proporcionar una defensa puntual extremadamente efectiva mediante la integración de unidades equipadas con este sistema.

Finalmente, los aviones argentinos hicieron frente a las fragatas Tipo 22 HMS Broadsword y HMS Brilliant, equipados con sistemas Sea Wolf. Con cinco lanzamientos, consiguieron tres derribos. Otros derribos se escaparon a estos misiles al ni siquiera poder lanzar, tanto por no poder enganchar a los aviones argentinos como por la propia inmadurez de un sistema computarizado recién estrenado y operando en un ambiente hostil.

Paradójicamente, parte del conocimiento empleado por los planificadores argentinos para comprender las fortalezas y vulnerabilidades de aquel sistema provenía de información que el propio gobierno británico había autorizado entregar algunos años antes con fines puramente comerciales.

La historia constituye una notable ironía estratégica. En 1977, funcionarios británicos debatían cuánto podían revelar sobre Sea Wolf para facilitar una exportación. Cinco años más tarde, las mismas características técnicas eran estudiadas por pilotos, planificadores y especialistas argentinos que debían enfrentarse a ese sistema en el Atlántico Sur.

Lo que comenzó como una campaña de marketing destinada a vender buques terminó convirtiéndose, involuntariamente, en una fuente de inteligencia para el adversario.

La historia demuestra una vez más que la exportación de tecnología militar no implica solamente la transferencia de equipos. También supone la transferencia de conocimiento. Y el conocimiento, incluso cuando una venta jamás llega a concretarse, puede adquirir años después una importancia que nadie había previsto.