República Argentina: 3:40:27pm


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Por Carlos Pérez Llana* publicado por www.clarin.com

En ambas guerras asimétricas, Putin y Trump están entrando en una fase signada por la parálisis.

En ambas guerras asimétricas, Putin y Trump están entrando en una fase signada por la parálisis. Los símbolos están a la vista: en Moscú la celebración del gran desfile militar del 9 de mayo en la Plaza Roja debió acortarse por temor a los drones ucranianos y el Foro económico Internacional -“el Davos ruso”-, que se celebra anualmente en San Petersburgo, también se redujo por las mismas razones.

En paralelo, la Cámara de Representantes de los EE.UU. aprobó una Resolución que ordena la retirada de las tropas americanas involucradas en la guerra contra Irán. Si bien es cierto que la orden de retirada de la Cámara de Representantes Trump no la va a cumplir, lo concreto es que la guerra de Ormuz muestra a la superpotencia americana incapacitada para entender la complejidad del mundo e incapaz de moldearlo a su voluntad, una vieja figura que el politólogo de Harvard, Stanley Hoffmann, tituló: “Gulliver inmovilizado”.

En Washington y Moscú la “niebla de la guerra” impide observar un final incierto. Los drones ucranianos han cambiado la ecuación estratégica y la industria armamentística de Kiev es una realidad: las ordenes de compra crecen, incluidos los países petroleros del Golfo.

Así, un escenario de alto el fuego para algunos observadores sería una posibilidad real, los drones ucranianos no son ajenos a un dato clave: la refinación primaria rusa se encontraría muy afectada.

En la guerra de Ormuz el dato militar mas relevante es que al controlar Teherán el estrecho de Ormuz, Irán se ha convertido en potencia dominante. Los Estados Unidos no pueden garantizar la libertad de navegación.

La economía global sufre la guerra y la solución militar no está a la vista para los EE.UU: con drones iraníes atacando a petroleros las aseguradoras de Londres no los cubren. El bloqueo muestra como en una economía globalizada el buen funcionamiento depende de incontables cuellos de botella, básicamente la geografía de los Estrechos y los recursos críticos. Con esos insumos encarecidos, particularmente energéticos y fertilizantes, el resultado está a la vista: en el mundo habrá más inflación y menor crecimiento.

Obviamente existe un “goteo” de tráfico hacia países amigos, entre otros China, Irak y Pakistán, este último el mayor soporte diplomático de Irán, intermediario obligado en las principales negociaciones diplomáticas, gobernado por la estructura militar y enrolado en el islamismo-político.

El caso del aluminio es un ejemplo de intereses en pugna. El 10% de la producción mundial proviene de fundiciones ubicadas en el Medio Oriente muy próximas a la guerra, concretamente Emiratos Árabes y Bahréin. En los últimos meses los precios del aluminio se dispararon un 25%. El metal blanco es vital para muchas industrias, v.g la automotriz, aeronáutica y la electrónica, concretamente Europa importa el 80% del aluminio que consume y ha debido apelar al mercado chino.

En materia de defensa, quedó en evidencia el fracaso de los planificadores militares americanos. La idea que un mayor gasto confiere ventajas y superioridad en el campo de batalla no es correcta. Una vez más una guerra de desgaste termina en retirada, entre otras razones porque el mas débil invirtió años preparándose para una confrontación de este tipo.

La historia reciente también pudo haber jugado en contra. La idea de la decapitación del régimen sin costos para el invasor fue una quimera. Hubo mala información interna y el “modelo Venezuela” era impensable. La alianza entre clérigos y las estructuras de defensa fue probada y salió fortalecida. El simplismo aplicado contra el régimen iraní también quedó en evidencia en el tema del uranio enriquecido oculto.

Muchos teóricos razonaron que era posible enviar tropas terrestres para recuperarlo, una operación que pudo haber terminado como la del rescate de los rehenes americanos prisioneros en Irán que terminó con la credibilidad del gobierno de Carter.

Los asesores de defensa israelíes y americanos también ignoraron un dato no menor: la “Doctrina de Defensa Avanzada” definida por Ali Khamenei, recomendaba no limitarse a las fronteras, para enfrentar al enemigo más allá de ellas.

En otros términos, el Documento del Clérigo ya advertía las ventajas de la profundidad estratégica. También la existencia, y el origen de este Documento, muestra que no era correcto el análisis basado que en crisis los dos pilares del régimen, religión y seguridad, podían colisionar.

La “dronización del Golfo” constituyó el eje de una estrategia militar que incluyó la debilidad de los vínculos en materia de defensa entre las petro-monarquías y Washington. Ellas apostaron a que Trump las protegería en función de los vínculos existentes en una agenda cargada de intereses económicos.

Esa confianza se basó en lo ocurrido en el año 1974, luego de la guerra del Medio Oriente, cuando Henry Kissinger firmó un acuerdo con el Reino Saudita. En virtud de ese Acuerdo el compromiso mutuo fue el siguiente: Washington garantizaba seguridad y el Reino se comprometía comprar armamentos americanos, a vender su petróleo en dólares y a comprar Bonos del Tesoro americano.

En otras palabras, se subvencionó el endeudamiento americano y quedó consolidado el dólar. Esos supuestos se basaban en intereses monárquicos comunes que desde hace años han dejado de existir. Las petro-monarquías han aprendido una lección: la defensa no puede delegarse.

*Profesor de Relaciones Internacionales de las Universidades Di Tella y Siglo 21.