República Argentina: 7:35:59am

 

El inventario, en realidad una continuación de la agenda exterior que instauró el kirchnerismo desde 2003, contiene episodios internacionales marcados por el sesgo populista y autoritario que caracteriza al “socialismo del siglo XXI”, “ese atraco denominado revolución chavista” (Laurence Debray), inventada para esquilmar, en algunos casos hasta la inanición, a los países de América Latina.

 

Sin ponerse colorado, el Gobierno intervino alevosamente en la política interna de muchos países y, así, protestó contra Iván Duque (Colombia) y Sebastián Piñera (Chile) por la represión del vandalismo, abiertamente respaldó a Andrés Arauz en su perdida batalla electoral contra Guillermo Lasso (Ecuador), visitó y agasajó a Luiz Inácio Lula da Silva en sus disputas con Jair Bolsonaro (Brasil), aplaudió en pleno recuento de votos la victoria de Pedro Castillo (Perú) contra Keiko Fujimori, envió a su Embajador ante Chile (Rafael Bielsa) a interceder ante la Justicia trasandina a favor del terrorista Facundo Jones Huala y “toleró” que el ¿diplomático? vejara “a título personal” al candidato más votado (José Antonio Kast) en la primera vuelta, desconoció a la designada Presidente Jeanine Añéz (Bolivia) y dio un grosero asilo político al prófugo y vocinglero Evo Morales, al cual acompañó teatralmente al retornar a su país luego de la victoria de su partido, MAS, con el cual otro notabilísimo Embajador kirchnerista, Ariel Basteiro, comparte actos y hasta canta sus consignas políticas.

 

Con Uruguay, nunca bajó la tensión que se generó al transformar el tema de las pasteras en una causa nacional, con Néstor Kirchner embanderado para respaldar el cierre de los puentes fronterizos, pese a la afinidad que el Gobierno argentino podía sentir por José Pepe Mujica o Tabaré Vázquez.

 

En contrapartida, rasgándose las vestiduras e invocando la no injerencia en los asuntos internos de otro país, se niega a acompañar al mundo occidental y condenar a los asesinos probados que gobiernan Cuba, Nicaragua, Venezuela, Rusia y China; una vez más, el kirchnerismo utiliza su política exterior para servir a sus intereses internos, tal como hiciera en su momento con los organismos de derechos humanos tuertos y venales.

 

Muchas veces imaginé el rechazo de Cristina Fernández a todo arreglo con el FMI, ya que debería asumir un alto costo en términos de capital simbólico. Hoy son el ex terrorista Gerardo Ferreyra, dueño de Electroingeniería (de inexplicable crecimiento durante la “década saqueada” y socia de los chinos en las represas de Santa Cruz) y Luis D’Elia, quienes ponen esa teoría sobre la mesa: romper la morosa negociación con el Fondo (la misma conducta que tan onerosa nos resultó en la negociación con los holdouts) y requerir un improbable auxilio financiero a Rusia, Irán y China que, claro, exigiría la concesión de otra base militar, en Tierra del Fuego.

 

Donde más peligrosas resultan las canalladas de la asociación ilícita que nos gobierna es en escenarios más locales: justificadamente aúlla en los ámbitos internacionales contra Gran Bretaña por la ocupación de las islas Malvinas pero, a la vez, sus organismos oficiales respaldan, y hasta arman, (y estamos frente a enfrentamientos con los pobladores genuinos, que han causado muertes) como se vio recientemente en Río Negro, a los terroristas maputruchos que, asociados a sus cómplices del sur chileno, reclaman la Patagonia como “tierra ancestral” y, sobre ese dislate, pretenden la independencia y desconocen a los Estados nacionales afectados. El ERP tuvo idéntico propósito en 1974, cuando inició una guerra en Tucumán, en la cual la democracia venció con el Operativo Independencia.

 

Tiene razón Cristina Fernández cuando repite hasta el hartazgo “todo tiene que ver con todo”. La suicida -¿o abierta complicidad?- política migratoria de la Argentina, aplicada en el primer gobierno kirchnerista y ratificada ahora, ha transformado nuestras fronteras, desde siempre laxas, en verdaderos coladores por donde ingresan todo tipo de delincuentes, en especial miembros de los carteles de la droga colombianos, peruanos y paraguayos. Se justifica calificarla así ya que en muchos conurbanos, en los cuales ya reemplazaron al Estado, la violencia vinculada al narcotráfico azota y mata; basta mirar Rosario y ahora también a Buenos Aires.

 

Motorizado por los desaforadas y reiteradas actitudes de los Fernández² y de Jorge Capitanich contra la prensa libre, un grupo atacó con bombas incendiarias al grupo Clarín, y otro día un líder sindical fue baleado en una disputa gremial. Me pregunto, una vez más, si los pirómanos no están jugando con fuego en un campo tan seco como es hoy nuestro país; ¿estaremos ante una reedición de los años más trágicos de la Argentina moderna, cuando se mataron a tiros y bombazos las dos alas extremas del multiforme y heterogéneo “movimiento”?

 

Bs.As., 27 Nov 21

 

Enrique Guillermo Avogadro

Abogado

 

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